Escudo E.U.
Embajada de los Estados Unidos
INFORMACIÓN DE FONDO


Palabras del Embajador de los Estados Unidos,
Antonio O. Garza Jr.,
en el Seminario
"Reflexiones Sobre la Integración en América del Norte: TLCAN, ALCA y Doha"
en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO)

27 de septiembre de 2004

Buenos días. Subsecretario Gerónimo Gutiérrez, Embajador Gaëtan Lavertu, Maestra Giovanna Valenti. Distinguidos invitados, damas y caballeros. Me complace estar aquí en la inauguración de este seminario en donde durante día y medio, expertos mexicanos, canadienses y estadounidenses reflexionarán sobre la integración de América del Norte. Podría continuar hablando en español, pero como contamos con traductoras, quisiera hacer la presentación en inglés. Espero que todos tengan acceso a los auriculares, en caso de que los requieran.

(Empieza Traducción)

El Emb. Garza en FLACSONo hay duda de que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) es una parte fundamental de la relación de los Estados Unidos con México y Canadá; y que este acuerdo ha cumplido notablemente sus objetivos. Se han eliminado casi todos los aranceles sobre bienes manufacturados y productos agrícolas, y un número sin precedente de personas y de artículos cruzan todos los días nuestras fronteras. El TLCAN ha dado energía y transformado nuestras economías al promover el comercio y la inversión entre nuestros países, lo que ha traído beneficios reales para trabajadores y consumidores a través de nuestras fronteras.

Nuestro tratado de libre comercio va, por supuesto, más allá de la simple integración económica, implica también el mejoramiento en la calidad de vida, el crecimiento y la estabilidad, enlaza estrechamente nuestras sociedades no sólo a través del comercio sino también por medio del turismo y el intercambio cultural e intelectual, y fomenta las reformas necesarias, la diversificación económica, la transparencia y el buen gobierno. Pero quizá sea más significativo que es un modelo para otros tratados de libre comercio en el mundo: de hecho, México se ha convertido en ejemplo del libre comercio en América Latina.

El TLCAN no ha sido perfecto y no da respuesta a todos y cada uno de los desafíos que enfrentamos. Sin embargo, el TLCAN es una asociación dinámica que sigue evolucionando, y todos los días aprendemos lecciones que nos ayudan a conformar una asociación más sólida.

Por estas razones, me es grato hablar ante ustedes en este seminario, que busca analizar el futuro de la integración de América del Norte. Debemos preguntarnos a nosotros mismos, ¿dónde queremos estar en los próximos 10 años y aún más allá?

Nuestra visión debe enfocarse en asegurar que América del Norte sigue siendo competitiva a nivel global, al mismo tiempo que reducimos las asimetrías entre y dentro de nuestras propias sociedades. A medida que avance el siglo XXI, nuestro continente experimentará una competencia cada vez mayor de otras regiones, especialmente de Asia. No nos engañemos: la competencia será intensa.

La integración de América del Norte nos da bases firmes para asegurar una prosperidad continua. Hay cosas que podemos hacer juntos y otras que debemos hacer cada uno de manera separada. El TLCAN servirá de poco si no institucionalizamos las reformas necesarias para seguir siendo competitivos. No voy a decirles que lo que hemos hecho en los Estados Unidos ha sido perfecto. No hemos avanzado con la rapidez que muchos quisieran en cuanto a reformar nuestra política migratoria. Pienso que demasiada gente en mi país aún cree que la reforma de las leyes de inmigración tiene la finalidad de hacer un favor a México, cuando en realidad las políticas que permitirían, lo que el Presidente Bush ha caracterizado como una inmigración segura, legal, ordenada y humana, convertir a nuestro país en una más fuerte y seguro.

De igual forma, ni los Estados Unidos ni Canadá pueden hacer que México sea más competitivo de lo que este país está dispuesto a hacer por sí mismo. Al demandar que su gobierno ponga en vigor las reformas, únicamente los mexicanos harán que esta nación sea más fuerte. Durante los últimos años, México ha tenido una sólida política macroeconómica. El país se recuperó de manera ejemplar de la crisis del peso de 1994-1995, en gran parte por la disciplina fiscal. Sin embargo, la segunda fase de las reformas económicas se ha detenido, aunque la mayoría de los dirigentes mexicanos reconocen la necesidad de una reforma estructural, particularmente en los sectores laboral, energético y fiscal.

Por su parte, México debe avanzar con mayor rapidez para mejorar su ambiente en cuanto a la inversión. El capital es cínico e irá a donde obtenga más beneficios. Más inversionistas vendrán a México cuando sepan que pueden operar en un ambiente seguro, transparente, con normas claras y concisas, con una infraestructura más eficiente y con costos más bajos para el desarrollo de los negocios. Y para aquellos que estarán prontos a criticar al embajador de los Estados Unidos por involucrarse en lo que claramente son asuntos internos, permítanme aclarar: éstas no son mis reflexiones sino la realidad de cada una de las conversaciones que he tenido con cada uno de los potenciales generadoras de empleo que están interesados en México.

Al avanzar en la integración de América del Norte, no podemos ignorar el hecho de que amplios segmentos de nuestra sociedad se están quedando rezagados. Y la clave para asegurar que más de los nuestros compartan la prosperidad que la reforma y el crecimiento puede acarrear, es la educación. Sólo ésta puede asegurar que nos mantengamos competitivos y que cambiemos de una economía basada en la mano de obra de bajo costo a una economía cimentada en el conocimiento. La educación comienza en la primaria y continúa en una cadena que conduce a la educación superior, la investigación y el desarrollo científicos. A fin de competir en la era de la información, los gobiernos deben educar a sus poblaciones para producir el conocimiento tecnológico. De otra forma quedarán rezagados y relegados a la pobreza. El futuro de Norteamérica reside en desarrollar la capacidad intelectual del creador, del inventor, del emprendedor y del trabajador capacitado, los cuales, a su vez aportarán innovaciones y competencia técnica a lugares de trabajo modernos.

Los mercados pueden funcionar y, de hecho, funcionan para satisfacer las necesidades que se les demandan. Para liberar el poder del capital, debemos educar no sólo a nuestro pueblo sino continuar removiendo los obstáculos a la inversión y a la movilidad laboral. Si no lo hacemos, podemos dañar e incluso destruir estos motores del crecimiento. Tales fallas favorecen las frustraciones. Si se llegara a ese punto, la gente perdería la fe en las instituciones públicas, se alejaría tanto del libre mercado como de la democracia, y se movería hacia el tipo de demagogia que con demasiada frecuencia ha sido una plaga en otras naciones, limitando sus horizontes y poniendo en peligro su libertad. Como líderes, tenemos pocas responsabilidades más importantes que el asegurar que los mercados a lo largo de la América del Norte satisfagan las necesidades de nuestros ciudadanos y continuar mostrando liderazgo en el hemisferio...

y para hacerlo no hay nada más urgente que mostrar nuestra determinación en el desafío más importante que enfrentamos: ganar la guerra contra el terrorismo. Lo que hicimos al liberar a Irak fue lo correcto, y estamos trabajando de manera estrecha con otros países para asistir a que Irak transite de años de opresión a la democracia y la prosperidad. Tan sólo hace cuatro días el Primer Ministro de Irak, Ayad Allawi, afirmó en una sesión conjunta del Congreso de los Estados Unidos:

“La lucha que hoy se libra en Irak no tiene que ver únicamente con el futuro de Irak, sino que se trata de la guerra global entre quienes desean vivir en paz y libertad, y los terroristas... que atacan indiscriminadamente a soldados y civiles, como lo hicieron trágicamente el 11 de septiembre (de 2001) en los Estados Unidos, y como lo hicieron en España, en Indonesia, en Arabia Saudita, en Turquía, en Rusia, en mi país y en muchos otros”.

Estamos construyendo una alianza firme y duradera que protegerá nuestro hogar común --América del Norte-- de quienes quieren dañar nuestras instituciones, nuestras economías, nuestros pueblos. Los sucesos de los dos años anteriores han servido como recordatorio de que la evolución de la integración de América del Norte, el tema que estamos abordando, va más allá del comercio y la economía, pues abarca áreas como la cooperación en asuntos relativos a la aplicación de la ley y el combate al terrorismo.

A lo largo de la última década, el TLCAN ha beneficiado a sus tres socios. Sin embargo, no podemos ser autocomplacientes. Aún tenemos una ardua tarea por delante para hacer realidad nuestra visión de una América del Norte más próspera, competitiva y equitativa. Debemos encontrar el valor político para impulsar las reformas necesarias. Y, a medida que cada uno de nosotros tome y ponga en vigor estas decisiones difíciles, también nos va a fortalecer el apoyo de una sólida y creciente alianza de la América del Norte.

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